Cortázar, el «corrector de estilo» y las treinta y siete comas

«...Hay siempre en la editorial ese señor que se llama 'corrector de estilo’ que lo primero que hace es ponerme comas por todos lados. Me acuerdo que en el último libro de cuentos que se imprimió en Madrid (y en otro que me había llegado desde Buenos Aires, pero el de Madrid batió el record) en una de las páginas me habían agregado treinta y siete comas, ¡en una sola página!, lo cual mostraba que el corrector de estilo tenía perfecta razón desde el punto de vista gramatical y sintáctico: las comas separaban, modulaban las frases para que lo que se estaba diciendo pasara sin ningún inconveniente; pero yo no quería que pasara así, necesitaba que pasara de otra manera, que con otro ritmo y otra cadencia se convirtiera en otra cosa que, siendo la misma, viniera con esa atmósfera, con esa especie de luces en el exterior o interior que puede dar lo musical tal como lo entiendo dentro de la prosa. Tuve que devolver esa página de pruebas sacando flechas para todos lados y suprimiendo las treinta y siete comas, lo que convirtió la prueba en algo que se parecía a esos pictogramas donde los indios describen una batalla y hay flechas por todos lados. Eso, sin dudas, produce sorpresas en los profesionales que saben dónde hay que colocar una coma y dónde es mejor todavía un punto y coma que una coma. Sucede que mi manera de colocarlas es diferente, no porque ignore dónde deberían ir en cierto tipo de prosa, sino porque la supresión de esa coma, con muchos otros cambios internos, son -y esto es lo difícil de transmitir- mi obediencia a una especie de pulsación, a una especie de latido» (Bernárdez y Álvarez Garriga, 2013: 152).

En un posteo anterior, en el que hablaba de la corrección procesal, hacía énfasis en que la corrección de textos se diferenciaba de la corrección tradicional, a la que solían llamarle «corrección de estilo» justamente porque no es un reparo de los defectos, menos aún la supresión de las marcas propias, de la personalidad del autor en la obra. Más bien se refiere a una revisión, a un debate sobre el texto y una mejora de la impronta de quien escribe que quedará plasmada en unas cuantas páginas creadas exclusivamente por él. Desde la normativa, el corrector de textos se debe acomodar al autor y así lograr una mejor versión de lo que éste quiera decir.



¿Por qué retomo este tema? Porque mediante la anécdota que Julio Cortázar contó en la quinta clase que dio en la Universidad de Berkeley (el escritor argentino había sido invitado a la universidad californiana de Berkeley a impartir un curso de literatura de ocho clases entre octubre y noviembre de 1980) quiero retratar la imagen que antes se tenía de los correctores de textos, o las correctoras. Trato de visualizar lo que, desde mi perspectiva, estudio y experiencia profesional, no debería hacerse más, lo que tiene que cambiar. La imagen de un buen corrector de textos no se vincula con corregir el estilo de un otro, sino más bien, fortalecerlo brindando las mejores herramientas para que pueda cumplir su objetivo.


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¡Hasta la próxima!


© 2019 por Lourdes Cruz Winter